Mi primer recuerdo de la danza lo ubico en la cocina de mi casa.
Yo tenía como 7 años, mi hermana 5 y entre la sopa
de lentejas y el salpicón, sonó en la radio una
de las canciones preferidas de mi mamá. Acto seguido nos
miró en complicidad y sonriendo con los ojos nos extendió
los brazos invitándonos a bailar. La invitación
fue gustosamente aceptada y las tres nos pusimos a bailar
como en un aquelarre para menores de edad.
En la eterna búsqueda de maneras para demostrarnos su cariño,
mi mamá nos había develado una forma de comunión
que nos llevaría no sólo a estrechar los lazos entre
las mujeres de mi casa, sino a identificar nuestra alma para tener
claro los seres humanos que queríamos llegar a ser. Así
y con ese objetivo me permito el disfrute de la danza y bailo
para olvidar amores pasados y asumirme afortunada por los nuevos,
para agradecer por las risas compartidas con mis amigos y pedir
por la felicidad de mis quereres, pero sobre todo bailo para mi,
para esa niña de 7 años que descubrió en
la danza una forma de sentirse muy Laura.