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Cuando pequeña para mi la danza era como el color
violeta, tan hermoso como difícil de descifrar, ya que la izquierda
y la derecha siempre me han resultado un horizonte desconocido y así,
con toda la incomprensión me di a la tarea de aprehender el sentido
de una gamma de emociones en movimiento; a lo lejos y desde las butacas
de los teatros me llenaba de pasión observar a las bailarinas,
y con ese sueño en mente continué mi vida, ya habría
tiempo, ya llegaría el momento.
Sucedió en Sindicalismo 78, cuando venía cargando algunas
angustias de vida, algunas enfermedades del alma y me encontré
en casa, tierra de hembras como el relato de siempre, pues de mi padre
solo guardo la sangre de oriente y la necedad de mi pie izquierdo. El
camino ha sido cuesta arriba y en ocasiones cuesta abajo, basta nombrarlo
para que suceda, a veces con alegría y otras con llanto, pero lo
que jamás ha perdido es la pasión y la comprensión
de que la danza al día de hoy me vulnera tanto que me hace grande.
Gracias Lila, gracias a todos mis maestros, a mis compañeras y
a los músicos que hacen posible que este deseo se siga haciendo
realidad
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